domingo, 16 de marzo de 2014
viernes, 28 de febrero de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
Los hijos adultos de alcohólicos son sumamente leales y comprometidos, aun con quien no lo merece.
Considero que el hogar de los alcohólicos es un sitio de mucha lealtad,
pues los familiares aprendemos a cuidar y a proteger al alcohólico. Este
aprendizaje me ha permitido permanecer mucho tiempo en relaciones,
que más valdría que hubieran terminado. En mi juventud, cuando a
alguien le interesé lo suficiente para formar una relación estable conmigo,
llámese pareja o amigo, existió siempre en mí un sentimiento de
agradecimiento y de vinculación, que me hizo experimentar una especie
de obligación a permanecer con esa persona para siempre. En mi
matrimonio, no importaba lo que mi marido hiciera o dijera; si me trataba
mal, yo disculpaba su comportamiento y hasta me sentía culpable.
Posiblemente por mi necesidad de seguridad, me prendía de lo conocido,
aunque fuera malo.
Por otra parte, en mi infancia no aprendí gran cosa de lo que significa
tener una buena relación, pues entre mis padres siempre hubo el que
manda y el que obedece. Así es que me las arreglé como pude y me
quedé siempre con lo que tenía, sin considerar en mucho tiempo si
merecía aspirar a algo diferente. Frecuentemente me enganché mediante
el sentimiento de culpa y tardé mucho en darme cuenta de que esa
relación no valía la pena.
Los hijos adultos de alcohólicos corren el peligro de desarrollar adicciones, convertirse a su vez en alcohólicos, en neuróticos, o por lo menos, en cónyuges de alcohólicos.
Los estudiosos de la enfermedad del alcoholismo, no han podido ponerse
de acuerdo si hay influencia del entorno, de los genes o una combinación
de ambos, pero todos absolutamente apoyan el anterior enunciado. Por
fortuna, personalmente no desarrollé el alcoholismo, pero sí otras
adicciones como el fumar y el comer compulsivo, tal vez como
compensaciones ante el sufrimiento.
Como he mencionado antes, con todas las experiencias vividas en mi
hogar, aprendí a no confiar, a no pedir, a no expresar mis sentimientos y
desde mi más tierna infancia me protegí contra el dolor evitando sentir y
llorar. Admitiendo que a esta difícil tarea me ayudaron tanto mi fantasía,
como mi exceso de trabajo, no puedo dejar de constatar el papel
sustitutivo de mi afición a comer demasiado. Desde niña aprendí que
comiendo dulces, panes y chocolates no se sufre y que la comida ayudaba
para no tocar tristeza. Recuerdo la ilusión que me causaba comer a diario,
al salir de la escuela dos barquillos de mamey y cómo me consolaban en
mis tardes solitarias los dulces que me compraba con el peso que me
daban para gastar. Desde niña fui gorda y creo que mi grasa corporal ha
sido la muestra visible de mi escudo contra el sufrimiento. Ser gorda ha
sido la coraza con la que me he enfrentado a la dureza de la vida. Por lo
mismo, en la adolescencia aprendí a fumar, adicción que me ha resultado
una manera cómoda de librarme de la tensión y la ansiedad.
Los hijos adultos de alcohólicos son sumamente responsables, o bien muy irresponsables.
Personalmente se me da mucho más lo primero, que lo segundo. En mi
vida yo me encargo de todo o renuncio a todo, no hay punto intermedio.
Cuando era niña, trataba de complacer a mis padres haciendo mucho más
de lo que se me pedía, y como no tuve a mi alrededor un modelo de
familia en el que todos colaboraran al logro de tareas u objetivos comunes,
tiendo a hacer todo por mi misma, o bien, nada.
Por otro lado, cuando me comprometo, no soy consciente de mis propias
limitaciones y puesto que decir que “no” es para mí extraordinariamente 88
difícil, trato de hacer “más y más y más”. Esto es así porque no tengo un
sentido realista de mi capacidad y porque, igual que como pasaba en mi
casa, creo que haciendo mucho, me aprobarán, me aceptarán y me
querrán… Siempre dando más de lo que me piden y haciendo más de lo
que me toca, me parece como si tuviera la fijación de tener que responder
obligatoriamente a todo. A pesar de que sé que la gente muy responsable
tiende a ser explotada, constantemente me veo ofreciendo lo que no me
piden y resintiéndome porque ni siquiera me lo agradecen.
Paradójicamente me parece que en otros aspectos, en los que debería ser
especialmente cuidadosa, soy muy irresponsable. No me preocupa mi
cuerpo, ni mi salud, ni mi descanso. A veces, me siento tan bloqueada,
cansada, agotada que entonces decido no ir a trabajar. En este desorden
vital, cuando tengo demasiado trabajo, me pongo histérica y como ajuste
creativo, pierdo el tiempo en ir de un lado para otro, o me distraigo en
cosas que no son urgentes y, aunque tenga mucho trabajo, me evado
platicando por teléfono o me voy al supermercado, perdiendo horas y
horas...
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