domingo, 2 de febrero de 2014

CON AMOR....

DECLARACIÓN...

Los hijos adultos de alcohólicos son sumamente leales y comprometidos, aun con quien no lo merece.



Considero que el hogar de los alcohólicos es un sitio de mucha lealtad,
pues los familiares aprendemos a cuidar y a proteger al alcohólico. Este
aprendizaje me ha permitido permanecer mucho tiempo en relaciones,
que más valdría que hubieran terminado. En mi juventud, cuando a
alguien le interesé lo suficiente para formar una relación estable conmigo,
llámese pareja o amigo, existió siempre en mí un sentimiento de
agradecimiento y de vinculación, que me hizo experimentar una especie
de obligación a permanecer con esa persona para siempre. En mi
matrimonio, no importaba lo que mi marido hiciera o dijera; si me trataba
mal, yo disculpaba su comportamiento y hasta me sentía culpable.
Posiblemente por mi necesidad de seguridad, me prendía de lo conocido,
aunque fuera malo.

Por otra parte, en mi infancia no aprendí gran cosa de lo que significa
tener una buena relación, pues entre mis padres siempre hubo el que
manda y el que obedece. Así es que me las arreglé como pude y me
quedé siempre con lo que tenía, sin considerar en mucho tiempo si
merecía aspirar a algo diferente. Frecuentemente me enganché mediante
el sentimiento de culpa y tardé mucho en darme cuenta de que esa
relación no valía la pena.

Los hijos adultos de alcohólicos corren el peligro de desarrollar adicciones, convertirse a su vez en alcohólicos, en neuróticos, o por lo menos, en cónyuges de alcohólicos.



Los estudiosos de la enfermedad del alcoholismo, no han podido ponerse
de acuerdo si hay influencia del entorno, de los genes o una combinación
de ambos, pero todos absolutamente apoyan el anterior enunciado. Por
fortuna, personalmente no desarrollé el alcoholismo, pero sí otras
adicciones como el fumar y el comer compulsivo, tal vez como
compensaciones ante el sufrimiento.

Como he mencionado antes, con todas las experiencias vividas en mi
hogar, aprendí a no confiar, a no pedir, a no expresar mis sentimientos y
desde mi más tierna infancia me protegí contra el dolor evitando sentir y
llorar. Admitiendo que a esta difícil tarea me ayudaron tanto mi fantasía,
como mi exceso de trabajo, no puedo dejar de constatar el papel
sustitutivo de mi afición a comer demasiado. Desde niña aprendí que
comiendo dulces, panes y chocolates no se sufre y que la comida ayudaba
para no tocar tristeza. Recuerdo la ilusión que me causaba comer a diario,
al salir de la escuela dos barquillos de mamey y cómo me consolaban en
mis tardes solitarias los dulces que me compraba con el peso que me
daban para gastar. Desde niña fui gorda y creo que mi grasa corporal ha
sido la muestra visible de mi escudo contra el sufrimiento. Ser gorda ha
sido la coraza con la que me he enfrentado a la dureza de la vida. Por lo
mismo, en la adolescencia aprendí a fumar, adicción que me ha resultado
una manera cómoda de librarme de la tensión y la ansiedad.

Los hijos adultos de alcohólicos son sumamente responsables, o bien muy irresponsables.



Personalmente se me da mucho más lo primero, que lo segundo. En mi
vida yo me encargo de todo o renuncio a todo, no hay punto intermedio.
Cuando era niña, trataba de complacer a mis padres haciendo mucho más
de lo que se me pedía, y como no tuve a mi alrededor un modelo de
familia en el que todos colaboraran al logro de tareas u objetivos comunes,
tiendo a hacer todo por mi misma, o bien, nada.

Por otro lado, cuando me comprometo, no soy consciente de mis propias
limitaciones y puesto que decir que “no” es para mí extraordinariamente  88
difícil, trato de hacer “más y más y más”. Esto es así porque no tengo un
sentido realista de mi capacidad y porque, igual que como pasaba en mi
casa, creo que haciendo mucho, me aprobarán, me aceptarán y me
querrán… Siempre dando más de lo que me piden y haciendo más de lo
que me toca, me parece como si tuviera la fijación de tener que responder
obligatoriamente a todo. A pesar de que sé que la gente muy responsable
tiende a ser explotada, constantemente me veo ofreciendo lo que no me
piden y resintiéndome porque ni siquiera me lo agradecen.

Paradójicamente me parece que en otros aspectos, en los que debería ser
especialmente cuidadosa, soy muy irresponsable. No me preocupa mi
cuerpo, ni mi salud, ni mi descanso. A veces, me siento tan bloqueada,
cansada, agotada que entonces decido no ir a trabajar. En este desorden
vital, cuando tengo demasiado trabajo, me pongo histérica y como ajuste
creativo, pierdo el tiempo en ir de un lado para otro, o me distraigo en
cosas que no son urgentes y, aunque tenga mucho trabajo, me evado
platicando por teléfono o me voy al supermercado, perdiendo horas y
horas...

Los hijos adultos de alcohólicos se sienten diferentes de otras personas.



Los hijos adultos de alcohólicos nos sentimos diferentes a otras personas,
aunque en realidad no lo seamos tanto. La sensación de ser diferente ha
estado conmigo desde la niñez y el sentimiento sigue ahí, aunque las
circunstancias sean distintas.


Por mi baja autoestima, siempre me sentí aislada, diferente de las demás
niñas y casi incomprendida. Siempre temí que los demás me criticaran,
que descubrieran “cosas malas de mí” por lo que aprendí a no expresar lo
que pensaba y menos aún lo que sentía. Es más, creo que ni yo misma
identificaba mis sensaciones, sentimientos o necesidades.

En cierta forma, al sentirme diferente, me aislé y no desarrollé las
habilidades necesarias para sentirme parte de un grupo. Cuando era niña
me abría paso en un grupo regalando mis juguetes o prestando mis cosas;
hoy me descubro abriéndome camino tratando de agradar y caer bien,
siendo simpática, “buena onda” y muy servicial. Estas actitudes me siguen
funcionando como anzuelo para ser aceptada, pese a que lo más común
sea que me sienta aislada.

También he sido “diferente” respecto a lo que pido de la gente con la que
he decidido relacionarme de cerca. Por lo general, elijo gente de la cual yo
me hago una imagen irreal: brillantes, encantadores, amables y, sobre
todo, los de espíritu altruista. Las personas bravuconas, agresivas, o
impositivas me asustan y hasta inconscientemente me alejo de ellas,
seguramente porque me recuerdan la relación con mi madre.

De adolescente también fui diferente, pues mientras mis compañeras
escogían a los hombres más guapos, yo, con cierto espíritu de “Cruz Roja”
elegía a los más “feítos”, a los menos populares, con toda seguridad porque
internamente no me creía merecedora de que los hombres atractivos se
fijaran en mí y no quería ser rechazada. Ciertamente a los hijos adultos
de alcohólicos nos resulta difícil creer que podemos ser aceptados por lo
que somos, sin que ello tenga que ganarse. Derivado de lo anterior, el
sentirme diferente y un poco aislada, ha sido parte de la máscara bajo la
cual he ocultado mi miedo a relacionarme con los demás.